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Érase una vez...

“Érase una vez un señor quiosquero. Caminaba cabizbajo por las calles de su ciudad, trazando el mismo trayecto que, como cada mañana, había recorrido durante los últimos treinta y cinco años. El camino que separaba su casa del quiosco que heredó de su padre era siempre un buen momento para la reflexión. Aquel era un día especial para él. Era el último día que haría ese recorrido. Con el auge de la prensa digital, el señor quiosquero se había visto obligado a cerrar su negocio. Aquel día comenzaba una nueva vida para él. Le tocaba trazar un nuevo camino que recorrer cada mañana. Reinventarse. Porque si algo tenía claro nuestro señor quiosquero es que da igual cuál sea el vehículo, lo que realmente importa son las historias. Y si algo sabía hacer él como nadie, era contar historias.”

Desde pequeños nos han contado infinidad de historias. Tus abuelos, tus padres, tus profesores. Da igual quién la contaba y de qué hablaba la historia, pero había algo que todas tenían en común. Son tres palabras mágicas que te transportarán a tu niñez. Esas tres palabras son: érase una vez. ¿Y por qué?

Hace un par de meses llegó a mis ojos este video de Conor Neil en el que habla de “cómo empezar un discurso”. Neil dice que tenemos tan interiorizadas esas palabras por las historias que nos contaban de pequeños, que nuestro cerebro inmediatamente las asocia a algo que nos gusta y presta atención. Claro, ahora hay que adaptarlo a una versión para “adultos”. Pero eso te lo va a contar mejor él, así que te animo a que veas el video.

Todo esto me ha llevado a una reflexión: ¿por qué solo las personas pueden contar historias y no los productos? ¿Qué pasaría si humanizáramos el producto? Porque claro, salvando las distancias obvias de nuestro señor quiosquero y un producto, si rascamos un poco y miramos con la mente abierta, ¿quién hay detrás de la historia de un producto? Muchas personas, ¿no?

A lo mejor va siendo hora de empezar a mirar a los productos con ojitos e interesarnos por saber de dónde vienen. Qué ha pasado antes de que llegase a nuestras manos. Quién ha intervenido, dónde y en qué condiciones. Y qué consecuencias ha tenido todo aquello en nuestro planeta y es más, qué consecuencias tendrá cuando ese producto sea usado y desechado. Vamos, lo que viene siendo conocer su ciclo de vida. Dejar un poco de lado el modelo lineal y empezar a apostar por la economía circular.

Porque si algo tienen en común los productos y las personas es que nacen, viven y mueren. Y en su trayecto, van dejando huella. Mejor o peor, cada cual hace su vida. Eso sí, hay una diferencia que no podemos olvidar: detrás de cada paso del ciclo de vida de un producto los que tomamos las decisiones somos las personas. Así que, por mucho que nos cueste reconocerlo a veces, el producto no tiene la culpa del impacto que genera en el planeta. La tenemos nosotros. En definitiva, los que decidimos somos las personas, con nuestras compras, con nuestros hábitos.

Debemos recordar que detrás de cada producto también hay una historia. Y, al igual que nuestro señor quiosquero, un producto también puede reciclarse y volver a nacer. Pero eso ya depende de nosotros.

¡Hasta pronto!
IB

PD: Por cierto, la historia del señor quiosquero está inspirada en esta noticia que leía hace unos días.

 

 

Ignacio Berges
Fundador de Flip&Flip

 Mi nombre es Ignacio, soy diseñador industrial. Me gusta crear cosas sin la necesidad de destruir otras. Mientras queráis, escribiré por aquí para compartir con vosotros lo que nos pasa y aprendemos en este viaje, que ya es vuestro.

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